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LA RESPONSABILIDAD Y LOS DESPACHOSAutor: Admin.
Categoría: Política.  Fecha: Mar, 9 de Febrero de 2010.  Hora: 11:29.  Leído: 203 veces.
Una de las figuras anglosajonas que más llama mi atención es la conocida como responsabilidad política que, en lenguaje coloquial y para que nos entendamos, viene a traducir que todo cargo público o puesto de representación (se entiende que a nivel institucional, pero factible para cualquier otro ámbito) lleva inherente una serie de motivaciones morales, de rango y protocolo que unen al que ostenta la responsabilidad con sus actos y comportamientos, obligándole a ser consecuente con los mismos y aceptar las consecuencias y derivaciones que originen. Por supuesto que, dicho así, todo parece muy bonito y grandilocuente, dando la sensación de ser natural que, por poner un ejemplo, cuando un político comete un grave error asuma las consecuencias prácticamente en el acto.

Por desgracia, nada más lejos de la realidad. Aún aceptando que la práctica descrita sea, más o menos, seguida en otros países (con mayor o menor acierto, según convenga), no podemos decir lo mismo cuando miramos hacia las personas que nos gobiernan, muy acostumbradas a camuflar sus torpezas bajo el manto de una sonrisa fácil o la absurda disculpa de turno que, dando la falsa impresión de convencer a los demás, lo único que logra es dejar un desagradable sabor de boca y una deteriorada imagen del político que antes admirábamos. Naturalmente, si la torpeza cometida no es demasiado grave, no tardará mucho en entrar en el terreno de la simple anécdota e, incluso, originar que hablemos de ella en sus aspectos positivos, haciendonos ver los rasgos humanos y, supuestamente, más próximos de quien cometió el error (sin duda, cuando queremos dar la vuelta a la tortilla sacamos, si es necesario, las motivaciones desde debajo de las piedras).


El problema surge cuando la falta de responsabilidad adquiere una grave relevancia o cuando quien la comete ostenta un puesto no compatible con semejantes florituras, siendo, entonces, incoherente el recurso a una simple excusa o la proyección de una cortina de humo. En estos casos, es cuando más hecho de menos las antiguas reglas del honor que tanto aparecían en la literatura Romántica del siglo XIX, preguntándome por qué hay quien no se sabe retirar a tiempo, aunque sea con galardones y por una puerta discreta. Muy al contrario, es la profunda obsesión de perpetuarse en el puesto e intentar distorsionar el error (o cúmulo de errores, como muchas veces ocurre) lo que termina por aniquilar la buena imagen que tenía el político o cargo público de turno, provocando un daño, si cabe, aún mayor que el anterior, al forzarnos a desconfiar del buen hacer de nuestra clase dirigente.

Siguiendo esta línea, podríamos citar la falta de raigambre que la mencionada figura anglosajona tiene en el actual gobierno, mucho más preocupado en tapar los agujeros que sus torpezas destapan, que en, simplemente, limitarse a reconocer su existencia. Como es lógico, nadie, con un mínimo de imparcialidad, puede caer en la tentación de acusarles de la actual crisis, no pudiendo decirse lo mismo en cuanto a su capacidad de gestión y aporte de soluciones. Para mí, un retorno a las antiguas reglas del honor debería haber ido unido a un irremediable adelanto de las elecciones generales, retomando el camino con un proyecto electoral mucho más fiable y parejo a la nueva situación (cosa que no se puede decir del actual, diseñado y concebido bajo el desconocimiento de una crisis).

No obstante, el miedo a perder parece que está orientando a que la alfombra se sacuda en dirección opuesta, grave remate para una mala gestión y bastante más dañino de lo que, a primera vista, pudiese parecer. Al fin y al cabo, unas elecciones perdidas pueden volverse a ganar en una nueva convocatoria, no teniendo igual desenlace la pérdida de la credibilidad que tanto cuesta labrarse.

Una de dos: o los políticos apuestan por nuestra falta de memoria histórica o, por el contrario, dan más valor a un despacho que a nuestra literatura Romántica.


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